"Yo no dimito"
Cuenta el general Alfredo Kindelán que el generalísimo Franco, acabada la segunda guerra mundial, en la encrucijada más grave de la vida del régimen, le confesó paladinamente un día: "Yo no haré la tontería de Primo de Rivera. Yo no dimito: de aquí al cementerio". Revivo la anécdota, cuando veo que dictadores o dictadorzuelos de toda laya -africanos, euro-asiáticos, asiáticos, iberoamericanos y oceánicos- se suceden a sí mismos; cambian, si es menester, las leyes para perpetuarse; forman a veces dinastías propias, y piensan antes en el cementerio, panteón incluido, que en el futuro democrático de su pueblo. Y es que el caudillaje, una vez asumido, es cuestión de vida o muerte. Y hasta ciertos malos políticos democráticos se dejan tentar por el caudillismo. Quien se cree caudillo y no representante de su pueblo, o rey absoluto, comendador de los creyentes, libertador revolucionario, general o generalísimo con mando en plaza pública, comandante en jefe, duce, führer, conductor, conducator... pero no pre-sidente (el que se sienta primero, pero entre iguales) o rey constitucional, se cree asimismo elegido por la naturaleza, por la suerte, por los hados, por la fuerza, por los los dioses o por Dios, y hasta por la mejor parte del pueblo, pero no por el pueblo. Por eso mismo se cree elegido, en principio, para siempre, no como si fuera elegido por electores volubles y tornadizos. Dictator perpetuus, se llamó César. La perpetuidad va no sólo en el sueldo, que suele ser pingüe, sino en la naturaleza de la cosa. Con pocas excepciones..., como la de Primo de Rivera.

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