08 octubre 2006

Los heterodoxos españoles

Comenzó el jueves día 8 la que he llamado en otro lugar la semana trágica de la Iglesia en España. Intervino esa tarde en las Cortes el ministro de justicia, Fernando de los Ríos, a título individual y no como portavoz del PSOE, del que le separaban en este punto muchas leguas. Habló, el ministro, de cifras sobre el clero y el presupuesto. Repudió cualquier política persecutoria. Defendió y elogió a varias órdenes religiosas, como las Hermanas de la Caridad y los Hermanos de San Juan de Dios, aunque abogó por prohibir a otras cualquier actividad económica, comercial e industrial. Recordó cómo el canciller alemán Bismarck, que persiguió a católicos y socialistas a un tiempo, tuvo que acabar yendo a Canosa. Pero habló mucho más, entre grandes aplausos, el heterodoxo, el que abandonó la Iglesia a los 18 años, el lector de San Pablo y San Agustín, de Renan y de Tolstoi, el amigo de Unamuno, el sobrino de Francisco Giner de los Ríos, el institucionista y el masón: "Llegamos a esta hora, profunda para la historia española, nosotros los heterodoxos españoles, con el alma lacerada y llena de desgarrones y de cicatrices profundas, porque viene así desde las honduras del siglo XVI. Somos los hijos de los erasmitas, somos los hijos espirituales de aquéllos, cuya conciencia disidente, individual, fue estrangulada durante siglos. (...) Habéis velado a España, no se le ha dicho, se ha interpretado pérfidamene, el fondo de nuestras intenciones; no se le ha dicho que nosotros, a veces, no somos católicos, no porque no seamos religiosos, sino porque queremos serlo más". El joven catedrático salmantino, José María Gil Robles, alma de Acción Popular, encuadrada ahora en la minoría agraria, le rebatió cifras y datos. Criticó severamente después el proyecto constitucional persecutorio, especialmente el artículo 24, que violaba derechos humanos y principios constitucionales. Defendió enérgicamente a las órdenes religiosas, entre abucheos e interrupciones. Y antes de terminar invocando, solemne y evangélico, la doctrina cristiana del amor y del perdón, recogiendo de su predecesor la evocación de Bismarck, afirmó tajante que lo que hicieron los católicos alemanes eso mismo harían los españoles:"Nosotros, contra todas las dificultades, seguiremos trabajando; a veces parecerá que la fatiga nos rinde, pero tendremos la obligación de seguir y seguiremos como aquellos remeros de Eneas que iban remando al compás de su `propia fatiga. Esto haremos nosotros por el ideal; esto hará la España católica, que en este momento está hablando por boca del más modesto diputado".