Don Alejandro Lerroux
El día 5 volvía de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, el ministro de Estado de la República Española, Alejandro Lerroux, el legendario republicano y anticlerical, fundador del viejo partido radical, y ya muy curado de sus excesos juveniles. Lo había llamado con urgencia el presidente del Gobierno Provisional, Alcalá Zamora, poque esperaban de él que serenara a su propio partido, abundante de masones, muy dividido ante la cuestión religiosa. Don Alejandro, masón durmiente, presumía en esos tiempos de hombre centrado y templado y predicaba siempre concordia y negociación. Entrevistado por los periodistas en Burgos y más tarde en Madrid, Lerroux, conforme naturalmente con la separación de Iglesia y Estado, se mostraba muy contrario a la expulsión y disolución de las órdenes religiosas y resumía así su pensamiento: "De modo, pues, que el criterio de la minoría radical es separación de la Iglesia y el Estado, asociaciones de derecho público para las Congregaciones religiosas, y absoluto control del Estado, con igualdad para todas las Asociaciones". Dos días después, recalcaba todo esto ante el cardenal Vidal y Barraquer, que lo visitó en su despacho, y más tarde al mismo nuncio, prometiéndoles que seguiría "una política de concordato y conciliación". Pero la mayoría de su caótico partido no estaba por esa labor; como el resto de la Alianza Republicana se dejó arrastrar por la virulencia antieclesial de socialistas y radical-socialistas, y se quedó en una via media, votando a favor del sectario dictamen de la comisión, que disolvía la compañía de Jesús, suprimía el presupuesto del clero y penalizaba gravemente a las órdenes religiosas. El lider carismático radical intentó zafarse del conflicto yéndose de nuevo a Ginebra -donde, según Azaña, hacía tanta falta como los perros en misa-, y la noche decisiva del día 13 se fue a la cama, sin haber abierto la boca en el Congreso durante toda la semana y sin estar presente en la votación decisiva. Don Alejandro, viejo zorro político, se reservaba para más altas y sustanciosas tareas y no quería consumirse tan pronto, apareciendo como el beato que no era.

<< Inicio