España: Nación y Constitución
La sala más amplia del Iruña Park, de Pamplona, se ha llenado y aún ha habido gente de pie durante el acto de homenaje a Tomás Caballero y a todas las víctimas del terrorismo etarra. El muy conocido y muy querido entre nosotros historiador Fernando García de Cortázar nos ha dado una bella lección de filosofía de la historia hablando sobre España: Nación y Constitución, una pieza maestra recitada con emoción y entusiasmo. La Nación de ciudadanos frente al nacionalismo de la tierra, la sangre y el etnos particular. La Constitución como la ley suprema de esa Nación, libre, abierta, tolerante e integradora, liberada de leyendas que la funden y de exclusiones que la limiten. Frente a los llamados nacionalismos periféricos, especialmente catalán y vasco, que nacen y crecen contra España. No dicen ni saben lo que son en sí mismos. Dicen y se declaran no-españoles. En nombre de una cierta hermandad nacionalista, acaban con la modernidad civil y hasta con la universalidad humana. Como cierta Iglesia que les hace el juego y se degrada a sí misma. Ser vasco, por ejemplo, es para los nacionalistas vascos ser nacionalista. Los demás son extraños, extranjeros, y en Cataluña reducidos al silencio. Ahora mismo paz y diálogo son los fetiches al servicio de ese nacionalismo. Dicen dialogo pero están queriendo decir negociación con quien (ETA) nunca ha renunciado ni al poder ni a ninguno de sus objetivos políticos, que desembocan en la independencia. En el mercado de las negociaciones, por matar durante tantos años se tiene derecho a alcanzar algunos o todos esos objetivos. Las víctimas de ETA corren el riesgo de aparecer como verdugos, en principio de la paz, si se oponen a la actual negociación. Es, pues, hora de desenmascarar esa llamada España plural, que ni siquiera es España, que reniega de la Constitución de 1978 y de la Nación de ciudadanos. Es hora de defender la España real, nacional, que es cohesión, comunidad y participación. Hora de la gran empresa cívica de nacionalizar al pueblo, a la gente, que no es ni mucho menos estatalizarla. Tarea que tiene que llevar a cabo todo Estado democrático, si quiere llamarse tal.

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