Acuerdo de Paz en Darfur
La prensa británica da estos días mucha importancia al acuerdo de paz, firmado en Abuja (capital de Nigeria) entre el Gobierno islamista de Sudán y el primer grupo rebelde, Sudan Liberation Army. La guerra, que dura tres años en esta región occidental del país, ha dejado 180 mil muertos y dos millones de personas sin hogar, debido sobre todo a las campañas de exterminio llevadas a cabo por las milicias musulmanas fanáticas,Janjaweed Arab, aliadas a la ominosa dictadura de Jartúm, que han ido arrasando y quemando todos los poblados y expulsando a mujeres, ancianos y niños, que pudieron salvar la vida, de sus propios territorios. Más de 200.000 refugiados buscaron asilo en el vecino Chad, un país más miserable todavía. Estados Unidos, Gran Bretaña y la OUA han mediado, a última hora, en el acuerdo, muy frágil por el momento. Lo más eficaz sería la admisión de cascos azules de la ONU, hasta ahora recusados por el régimen islamista. Se trata, al decir de observadores occidentales, de un verdadero genocidio (ethnic cleansing of the worst kind)) de la población negra de Darfur a manos del fanatismo árabe dominante en el Norte y Centro del país y en las instituciones gubernamentales, que continúa el llevado a cabo durante treinta años en el Sur del inmenso país contra animistas y cristianos. Es, además, la crisis humanitaria más grave que existe hoy en el mundo, por la falta de alimentos y viviendas, dada la dificultad de acceso de cualquier ayuda a la población necesitada. Recuerdo que en mis años de parlamentario europeo, la violación de todos los derechos humanos habidos y por haber en el Sudán fue un caso permanente de denuncia y protesta por parte de algunos de nosotros. La indiferencia allí y fuera de allí ha sido más permanente aún. El caso sudanés, desconocido por casi todos, como hace diez años los de Rwanda y Burundi, es una de las mayores vergüenzas de la política internacional; de los poderes africanos y mundiales y de sus respectivas oposiciones, casi siempre atentos a sus solos intereses económicos y políticos más inmediatos, sean los que sean.
La prensa británica da estos días mucha importancia al acuerdo de paz, firmado en Abuja (capital de Nigeria) entre el Gobierno islamista de Sudán y el primer grupo rebelde, Sudan Liberation Army. La guerra, que dura tres años en esta región occidental del país, ha dejado 180 mil muertos y dos millones de personas sin hogar, debido sobre todo a las campañas de exterminio llevadas a cabo por las milicias musulmanas fanáticas,Janjaweed Arab, aliadas a la ominosa dictadura de Jartúm, que han ido arrasando y quemando todos los poblados y expulsando a mujeres, ancianos y niños, que pudieron salvar la vida, de sus propios territorios. Más de 200.000 refugiados buscaron asilo en el vecino Chad, un país más miserable todavía. Estados Unidos, Gran Bretaña y la OUA han mediado, a última hora, en el acuerdo, muy frágil por el momento. Lo más eficaz sería la admisión de cascos azules de la ONU, hasta ahora recusados por el régimen islamista. Se trata, al decir de observadores occidentales, de un verdadero genocidio (ethnic cleansing of the worst kind)) de la población negra de Darfur a manos del fanatismo árabe dominante en el Norte y Centro del país y en las instituciones gubernamentales, que continúa el llevado a cabo durante treinta años en el Sur del inmenso país contra animistas y cristianos. Es, además, la crisis humanitaria más grave que existe hoy en el mundo, por la falta de alimentos y viviendas, dada la dificultad de acceso de cualquier ayuda a la población necesitada. Recuerdo que en mis años de parlamentario europeo, la violación de todos los derechos humanos habidos y por haber en el Sudán fue un caso permanente de denuncia y protesta por parte de algunos de nosotros. La indiferencia allí y fuera de allí ha sido más permanente aún. El caso sudanés, desconocido por casi todos, como hace diez años los de Rwanda y Burundi, es una de las mayores vergüenzas de la política internacional; de los poderes africanos y mundiales y de sus respectivas oposiciones, casi siempre atentos a sus solos intereses económicos y políticos más inmediatos, sean los que sean.

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